Dos amigos, buceadores deportivos de Menorca

 

La observación de los fondos, de sus especies vivientes, el descubrimiento de increíbles cuevas, de pecios, vivir curiosas anécdotas, es decir, de todo un mundo de aventuras, es algo que se pierden quienes no pueden acceder a esta Menorca mágica y en algunos aspectos inédita, que está solamente al alcance de unos privilegiados: la Menorca subacuática. Privilegiados no porque puedan ponerse una máscara, calzarse unas aletas y observar bajo las aguas en sí, sino que han podido llegar más allá de lo habitual gracias a una profesión o a unas condiciones físicas que no siempre están al alcance de todos. Queremos reproducir aquí la conversación mantenida hace ya años con dos expertos amantes del buceo, uno de ellos gran aficionado y, el segundo profesional en todo tipo de trabajos submarinos. Ambos explican sus experiencias vividas dando a conocer al gran público todo ese mundo, entre mágico y fascinante, pero al mismo tiempo peligroso y sobrecogedor en bastantes aspectos para quien no lo conoce y está suficientemente habituado y preparado al medio:

 

Jon Boronat Miranda

 

Nacido en julio de 1969 en San Sebastián, Jon Boronat Miranda comenzó a bucear precisamente en Menorca al tiempo que practicaba la pesca submarina. Ello tenía lugar en el verano de 1988 tras haber llegado a pasar las vacaciones junto a un gran amigo y vecino, Juan Carlos, también vasco, cuyos padres poseen una casa en la urbanización S’Algar. Su compañero ya era práctico en este deporte náutico y Jon se sintió muy pronto totalmente atraído por lo que se presentaba como una más que interesante aventura: “Una aventura que, cuando la comienzas, ya no la abandonas. Siempre deseas repetir...”. En sus ascendentes familiares tiene un tío que también es gran aficionado a ello, mientras que su hermano pequeño, Gorka, navega a bordo de uno de los remolcadores de Salvamento Marítimo en aguas atlánticas. Profesionalmente y en la actualidad, es marinero a bordo de la lancha Salvamar Antares con base en el puerto de Mahón, lo que consolida la tradición familiar vinculada al mundo de la mar. Pero para llegar hasta aquí Jon tiene recorrido, ya, un largo camino.

 

UN JON MUY JOVEN EN SUS PRIMEROS TIEMPOS PATRONEANDO LA NEUMÁTICA

En el año 1988 había iniciado esta afición al mar practicando la vela deportiva, lo que supondría el punto y final -por el momento- a la que había sido hasta entonces su gran pasión: la montaña y la escalada. Entonces estudiaba en la U.P.V. Ciencias Empresariales y el centro proporcionaba a sus alumnos la posibilidad de llevar a cabo cursos de vela y de buceo entre otros, subvencionados, escogiendo el buceo, en la primavera de 1989, que llevó a cabo en Hondarribia. Recuerda que entonces existía poco material, se mostraban los conocimientos básicos y se trataba de encontrar al personal que reuniera las mejores condiciones físicas y de capacidad de entendimiento en sus diferentes conceptos para practicarlo. Los mismos profesores eran quienes diseñaban los cursos y escribían los apuntes, basándose bastante para ello en la línea impartida en los centros militares que, precisamente, buscaban éso: encontrar al personal más idóneo para llevar a cabo el submarinismo.

OTRA PERSPECTIVA DE SUS PRIMEROS AÑOS EN EL MEDIO

Y ese mismo año volvió con su amigo a Menorca y se apuntó a la escuela de S’Algar Diving para continuar su preparación, llevando a cabo una curiosa y atractiva experiencia en el punto que dicha escuela bautizó en su día como S‘Algar funnel (ya se verán más adelante las denominaciones y características de diversos puntos costeros sin denominación determinada del sudeste menorquín, que los británicos se han encargado de bautizar por su cuenta a fin de mantenerlos perfectamente identificados). “Por aquellos años, la escuela de buceo y de otras diferentes especialidades náuticas de S’Algar era aún de reciente creación. Yo creo que se había puesto en marcha a lo sumo unos tres años antes, con un par de embarcaciones de apoyo y un personal bastante ajustado. Sin embargo, en 1989 ya disponían de una buena embarcación de apoyo, que aún hoy continúa navegando, pero se utilizaban equipos de respiración monotráquea y los chalecos eran del tipo antiguo, que se tenían que hinchar, o bien soplando, o llenándolos de aire con el auxilio de un botellín de emergencia que incorporaban ex profeso. Del mismo estilo a los que utilizaba cuando realicé los cursos en la Armada al tiempo que cumplía el servicio militar”.

LaAS SIEMPRE ENIGMÁTICAS Y ATRAYENTES PROFUNDIDADES SUBMARINAS

A partir de entonces, las venidas de Jon a Menorca con su amigo se sucedieron cada año y en septiembre de 1994 tuvieron la oportunidad de efectuar el curso de instructor de 1 estrella de la F.E.D.A.S. (Federación Española de Actividades Subacuáticas), aunque el mes de noviembre de ese mismo año le llegaría la hora de incorporarse al servicio militar en la Armada, una vez agotadas las prórrogas universitarias. Había solicitado plaza como buceador en el portaaviones Príncipe de Asturias y, según manifestaba: “Había una oferta de plazas entre las cuales podías escoger la que más te llamara la atención. Otra cosa es que te la concedieran. Pero tuve la suerte que me concedieran la fecha solicitada, el destino y la actividad. Efectué el mes de instrucción obligatorio en el C. I. M. de San Fernando, luego pasé otro mes en la base naval de Puntales (Cádiz) en donde se ubica la Unidad de Buceo del Estrecho, y en la cual se lleva a cabo la primera fase del curso a base de teoría y práctica en piscina a mansalva, haciéndose hincapié en manejo de equipo básico con mucha natación en superficie, aletas, traje y gafas (sin tubo), bibotellas y bitráquea”.

EN EL CLUB DE SUBMARINISMO S'ALGAR DIVING (EN EL CENTRO DE LA IMAGEN)

Después pasó a la escuela de Cartagena, donde se llevaba a cabo la segunda parte del curso, con menos natación de superficie y piscina, y más práctica en el mar con largos recorridos y orientación bajo el agua, así como la práctica real de diferentes actividades ya típicamente submarinas (manejo de herramientas, trabajos submarinos, dibujo de planos, etc.). “Era el trabajo de los buceadores de Infantería de Marina, de marino raso, de flota... no de Buceador de Combate, ni de Contramedidas de Explosivos, sino de flota, el que cuando una pieza cae al agua baja a recogerla acompañando al oficial. Luego embarqué en el Príncipe de Asturias pero, lo que son las cosas, no volví a bucear porque no ocurrió nada y no hubo oportunidad. A bordo, los buceadores estábamos encargados de las embarcaciones auxiliares: zodiac, ballenera, falúas y una lancha de desembarco prácticamente excedente de la Segunda Guerra Mundial (en puerto) o de timonel, serviola y demás (en navegación).  Pero dio la casualidad de que mientras estuve en Rota, donde se encontraba la base del barco, conocí a un brigada de Máquinas vasco, que era instructor de la organización norteamericana P.A.D.I. (Professional Association Diving Instructors), quien me convalidó los cursos de buceo efectuados hasta entonces y me ayudó a obtener dicho certificado que, en aquellos momentos y bajo mi punto de vista era más eficaz que los demás. Para cursarlo existían editados vídeos y libros. Eran unos cursos magníficos y, como es lógico, había que pagar para hacerlos, pero valía la pena. Estaban muy bien estructurados”.

JON, EL DÍA EN QUE SE LLEVÓ A CABO ESTA ENTREVISTA

En 1997, Jon junto a una amiga, Apamen Eizaguirre, decidieron poner en marcha una escuela de buceo en San Sebastián, junto a la Cofradía de Pescadores, acogiendo 10 alumnos semanalmente a los que impartían el cursillo básico. Jon era instructor, Apamen se encargaba de la administración y la tienda y, en los meses de más trabajo, contaban con la ayuda de otro monitor, David Govillerd. Aquella escuela sería sucursal de la Scuba Du, como así se denominaban ambas, ubicada en Hondarribia, propiedad de Iñaki Kabue y Alex Hurrate y, desde entonces, serían socios. En ambos centros se enseñaba a los aspirantes a ser prácticos en el fondo del mar. En aquellos fondos se podían observar fácilmente nécoras, centollos, pulpos, sepias y multitud de esponjas marinas, mientras que en las aguas exteriores que rodean la bahía donostiarra, pululaban las lubinas, rapes y rayas. Entre siete y diez días podían prolongarse tales cursos, puesto que dependían totalmente de la climatología, aunque los hubo que se prolongaron mucho más de los diez puesto que, al estar la mar picada, resultaba del todo imposible el avance. Las clases consistían en 5 sesiones de teoría, en las que se enseñaba a manejar el equipo y luego a desenvolverse también bajo el agua. “Después pasábamos a aplicar lo aprendido en una piscina antes de dar el paso en el mar. Cuando los alumnos ya lo habían asimilado todo, entonces hacíamos 5 sesiones de mar”. Y añadiría: “Bucear no es un deporte peligroso, aunque haya tenido más de una ocasión mala fama porque en los medios de comunicación se cuenta generalmente lo malo, como lo puede ser un accidente de un submarinista. Yo nunca he tenido problema alguno con mis alumnos. Y tampoco es complicado aunque exista quien así lo crea. Después de un cursillo de éstos, en que se aprende lo básico y más necesario, ya se puede bucear tranquilamente”. De hecho, el imperativo principal es un buen estado físico y, sobre todo, la prudencia, ya que resulta del todo innecesario recalcar que el medio supera con creces al hombre en todo. En los cursillos básicos se lograban alcanzar profundidades de hasta 18 metros, aunque con alumnos aventajados que ya sabían desenvolverse y lo que buscaban era avanzar en sus conocimientos y aptitudes, se descendía hasta los 40 metros. Y otras especialidades fueron el buceo nocturno y la navegación bajo el agua orientándose mediante el compás. “Otra actividad que gustaba mucho durante el aprendizaje entre los alumnos era la búsqueda de objetos perdidos, que abundan en el fondo del mar. Finalizado el cursillo se entregaba el carné de la P.A.D.I”.

EL CLUB DE SUBMARINISMO S'ALGAR DIVING. PRIMEROS CONTACTOS

Para Jon, la belleza del fondo del mar supera a la de la propia superficie.  En el caso de Menorca, los fondos de nuestra isla son excepcionales para el buceo. De hecho tal afirmación ya la han hecho otros muchos experimentados buceadores de diferentes nacionalidades. Su visibilidad es, generalmente, de unos 22 metros y en los veranos, las temperaturas en superficie rondan los 25º centígrados, aunque se van notando perfectamente los contrastes de temperaturas a más frías a medida que se va descendiendo.

S'ALGAR DIVING. EQUIPAMIENTO

El verano de 1999 su amigo fue contratado como instructor Dive Master en la escuela de buceo S’Algar Diving, mientras que Jon lo era de ayudante. Ello no sería óbice para que fueran realizando nuevos cursos de mayor titulación. Con el P.A.D.I. en el historial, trabajó con ellos durante tres temporadas de verano en que se encontró muy a gusto. La empresa la habían montado dos británicos, Mark y Nigel (actualmente lo gestiona otro británico, Simon). Los años 95-97 fueron unos grandes años para Menorca, con un turismo boyante y con unas instalaciones de oferta complementaria de ocio puramente veraniego -en este caso de S’Algar- trabajando a tope. Había hasta 16 personas prestando sus servicios en el centro de buceo que era el más importante de las Illes Balears y uno de los cinco punteros de España, tanto en cuestión de personal, como de equipo y organización. Se efectuaban los llamados bautizos de buceo, que venía a ser lo mismo que la iniciación: una persona llegaba a Menorca de vacaciones, sentía el atractivo o la llamada del mundo subacuático, pagaba unas 8.000 pesetas de las de entonces, veían un video, recibían unas lecciones teóricas, se efectuaban diversas enseñanzas prácticas en una piscina para conocer el equipo durante unos veinte minutos a lo que seguía una inmersión a 4 o 5 metros máximo de profundidad en la misma cala de s’Algar (en la zona acordonada por boyas) y, en dos horas, ya se tenía la primera experiencia de buceo. Por otro lado existían los cursos para deportistas ya iniciados que deseaban mejorar y elevar su nivel: Iniciación, Open Water (avanzado), con especialización en diversas categorías como pudieran serlo la navegación subacuática, buceo nocturno, buceo profundo, buceo naturaleza y alguna otra más. Luego se daban también cursos de buceador de rescate  (de unos cuatro días de duración en que los instructores forman al interesado para poder intervenir en el supuesto caso de la existencia de un accidente de buceo, bastante completo, para el que se requería poseer el básico de Primeros Auxilios). Esporádicamente se organizaban otros cursos específicos como Guías de Buceo y en octubre de 1996 se llevó a cabo el primero en Menorca de formación de Instructores P.A.D.I. en el que Jon participó como alumno con otros menorquines como Miquel, Joe Natta y Nin Ensesa, junto a cuatro de nacionalidad británica. Para ello impartieron las clases dos instructores, uno británico y otro español.

S'ALGAR DIVING. FLOTA AUXILIAR

La flota de apoyo con la que se contaba en aquellos momentos era bastante numerosa: 1 embarcación adecuada para esquí acuático (Sky boat); 1 zodiac para remolque de la “banana”; 1 embarcación apta para Parascending; 1 barco grande de apoyo para buceo (ex Faro Isla del Aire de Autoritat Portuària); 1 zodiac de 8,00 metros de eslora equipada con un intraborda de unos 200 CV; 1 zodiac de 7,00 metros de eslora con 2 fuera borda de 60 CV; 1 zodiac pequeña; 1 catamarán de buceo de unos 10,00 metros de eslora e intraborda. También existían dos furgonetas para los días en que la mar no fuera apta para estas actividades en aguas de s’Algar, por lo cual las embarcaciones de apoyo eran transportadas a remolque para navegar en Cala en Bosc, Punta Grossa (Cales Morts, en el escollo pequeño existente conocido por ellos como Queso suizo), Cavalleria -zona de poniente- y también Favàritx. Todas ellas resultaban bastante aptas para los poco iniciados puesto que eran zonas de poca profundidad. Para buceadores experimentados que venían a Menorca para conocer parajes submarinos acompañados de guía se trabajaba ya en las aguas del sudeste, visitando cuevas y enclaves curiosos a diferentes profundidades.

S'ALGAR DIVING. EQUIPAMIENTO

El grupo de trabajo de S’Algar Diving se reunía en las instalaciones de la urbanización sobre las ocho y media de la mañana. Después de acondicionar y revisar meticulosamente el material, así como los barcos de apoyo durante una hora y, a partir de ese momento,  ya estaban preparados para recibir a los aspirantes a llevar a cabo la primera excursión submarina de la mañana. Para ello existía una programación meticulosa de actividades debido a la gran demanda existente en aquellos años, con una cadencia de cada hora hasta las seis de la tarde. Cada grupo se trasladaba a bordo de uno de los barcos de apoyo hasta la zona de inmersión, de los cuales existe un gran repertorio: Statue of the Virgin Mary (gruta en la bocana del puerto de Mahón donde el Grupo de Actividades Subacuáticas del Club Marítimo entronizó en su día una imagen de la Virgen del Carmen), el Panamenian Fishing Vessel (pecio del Santa, el pesquero hundido por la Comandancia de Marina frente a S’Algar), al que se visitaba fuera ya de temporada y con personal especializado debido a su situación y profundidad y muchos otros. “Habían días en que se llevaban a cabo prácticas hasta con cien submarinistas, con los barcos yendo y viniendo, además de unos cincuenta bautizos, el parascending trabajando toda la jornada entre las nueve de la mañana y las siete de la tarde, la ‘banana’ otro tanto, y por ello era necesario tanto potencial humano y material. Fue una época de oro en este tipo de actividades. Recuerdo que existía un director o gerente de la empresa que era el propietario, un director de operaciones de buceo -que recaía en el instructor más veterano de la plantilla-; la secretaria era una joven llamada Yolanda, natural de Pamplona; había también un par de instructores ingleses, otro español, otro instructor alemán, varios ayudantes de guías de buceo y un buen grupo de jóvenes dieciochoañeros que hacían de todo: ayudaban en la ‘banana’, a cargar botellas, transportar equipos, componer material, vigilancia a bordo de las embarcaciones mientras el instructores y alumnos permanecían sumergidos, también ayudaban a subir a bordo a los buceadores desde el agua, etc.”

CURSILLOS DE SUBMARINISMO

Las inmersiones, en parejas de a dos y siempre siguiendo al guía, duraba un promedio de una hora, en que podía disfrutarse de la contemplación de la flora y fauna menorquinas. En todo este tiempo, sin embargo, Jon ha podido observar los excesos cometidos por  los incontrolados: “El buceo como tal, como deporte, consiste en no alterar para nada el fondo marino ya que es una disciplina muy conservacionista. En todo este tiempo he podido contemplar en diversas ocasiones, fondos muy devastados, destrozados por gentes que han alterado incluso con el uso de cinceles las rocas en busca de los preciados dátiles de mar. El algo que te afecta y resulta realmente penoso”. Y como se ha citado, en el desarrollo de los cursos, los primeros pasos se llevaban a cabo en la piscina. Un curso de Iniciación podía prolongarse por espacio de unas 25 horas, en cinco mañanas o por sistema intensivo, de viernes a domingo todo el día. “De hecho intensivos los hicimos a finales de octubre de 1999 con personal militar de la base de Sant Isidre, por medio del Club Deportivo de Buceo San Felipe, que estaba al cargo de Javier Girona, en la actualidad en el Museo Militar de Es Castell. Vinieron 16 alumnos en uno y otros tantos en otro. Comenzaban la primera hora de la mañana con una hora de teoría, piscina, otra hora de teoría, nuevamente piscina, por la tarde al mar y el sábado más piscina y mar para, el domingo, dedicarlo ya por completo a la mar. Con ello salían bastante bien formados para comenzar a bucear poseyendo el título Open Water de P.A.D.I.”

JON GUARDA EXCELENTES RECUERDOS TRAS SU PASO POR EL CLUB

La anécdota luctuosa y, seguramente la más triste que haya tenido lugar en todo el tiempo transcurrido hasta el presente en su etapa subacuática, tendría lugar el 27 de julio de 1999, en que a las ocho y media de la mañana cuando el personal del S’Algar Diving entraba a trabajar, les dijeron los responsables que fueran preparando los equipos y los cargaran en las furgonetas junto a dos de los barcos puesto que había que localizar a un joven submarinista que había desaparecido en aguas de Binissafúller. Al parecer en la tarde anterior se había echado al mar para practicar la pesca submarina y no había regresado a tierra. Iban a ir a echar una mano en las labores de búsqueda. Allí se encontraron los miembros de la escuela de buceo de Torret Dive Center, la Guardia Civil, policía local de Sant Lluís, la Salvamar Antares, que había llegado destinada a Menorca pocas fechas antes, por lo que era uno de sus primeros servicios y comenzaron a batir el Illot de Binissafúller, peinando meticulosamente la zona. El cuerpo del infortunado joven apareció en su extremo sudoeste, más o menos a una profundidad de 10-12 metros. Debía de tener unos dieciocho o diecinueve años, aproximadamente. Se ve que estaba en Menorca de vacaciones con su familia. Fue localizado por uno de los miembros del equipo de S’Algar.

MUCHAS PRUEBAS PARA AMBIENTARSE Y ADAPTARSE AL MEDIO SUBMARINO

Jon no ha tenido la oportunidad de haber observado en estas aguas especies marinas de gran tamaño, salvo los típicos meros, congrios y demás. En cierta ocasión, cuando finalizaban una inmersión en aguas del Illot des Cagaires, al norte de la Illa de l’Aire, vieron pasar una manada de grandes cachalotes, posiblemente los populares caps d’olla. Debían de ser 6 o 7. Y sobre el pecio del Santa, reconoce que su observación desde arriba, a medida que se va descendiendo, ofrece una panorámica impresionante, ya que reposa perfectamente adrizado sobre un lecho inmaculado de arena. La quilla reposa a unos 47 metros de profundidad y la perspectiva que ofrece el pecio es tal cual aérea. A medida que se desciende hasta su posición, se van percibiendo perfectamente los termoclimas del agua, que se va enfriando por capas muy bien definidas. “Puedes tener el cuerpo a una temperatura y subir o bajar la mano y notar otra temperatura completamente diferenciada. Una vez en el pecio puedes observar bastante vida en el mismo, con mucha castañola, tres colas, morenas... Dicen que en su interior había un mero bastante majo. Sin embargo, lo que a mí más me sorprendió fue el descubrimiento de un Jeep militar de la Segunda Guerra Mundial, descapotable, existente a unos 25 metros de distancia por la popa del pesquero, también perfectamente adrizado que parece le esté siguiendo. Se ve perfectamente el volante, el capó, la estructura de los asientos...” Y continúa Jon: “No sabemos cómo llegó allí. Se supone debió caer de la cubierta de algún barco que pasaría por la zona. El hecho es que te encuentras junto al Santa y puedes observar a cierta distancia de su popa otro objeto que destaca sobre la arena que es el vehículo. Había en su interior varias morenas bastante interesantes, también”.

Otro lugar interesante y que Jon considera impresionante es el denominado por los británicos Swiss Cheese (Queso suizo), que es el escollo que precede más hacia afuera al grande existente en Cales Morts, entre Arenal d’en Castell y el Port d’Addaia. “Es una especie de montaña que sube hasta la superficie -por decirlo de alguna forma-, bastante vertical, en donde el fondo de su fachada exterior se encuentra a unos 28 metros y el interior, a unos 12 más o menos. Este escollo está completamente perforado por dentro. Tiene muchas bocas y cavidades por las que entrar y salir. Recuerdo que en una ocasión, en lo que sería la galería principal, que cruza desde la parte inferior hasta unos pocos metros en la superior, en el centro del recorrido forma una gran cavidad de unos 10-15 metros de altura, en que pude tener el gran placer de observar unos extraordinarios ejemplares de cap-roig. Eran muy grandes. La verdad es que, nunca anteriormente, los había podido contemplar de tal tamaño”.

EL PREMIO PARA QUIENES SUPEREN LAS PRUEBAS PUEDE RESULTAR INCREÍBLE

Muy cerca se encuentra otro enclave interesante, la denominada Drinking Fountain Grotto (Cueva de la fuente de agua dulce). Enclavada en la base del acantilado, su parte superior se encuentra a escasamente 2 metros de la superficie, mientras que la inferior baja hasta los 5. No es muy grande, pero resulta interesante porque una vez en su interior, existe una bifurcación a derecha e izquierda. En la de la derecha se percibe rápidamente un cambio de temperatura debido a la presencia de un manantial de agua dulce dentro del mar. Con la presencia de la corriente  de agua dulce, la imagen ofrece una reflexión semejante a la que se percibe en una carretera cuando le pega el sol. Allí tenía su vivienda otro gran congrio que parecía el guardián de la fuente. The Plateau es una plataforma que asciende desde un fondo de arena hasta unos 5 metros de la superficie. Por la cara que da al mar abierto se desciende hasta los 27-28 metros. Era un punto adecuado para llevar a cabo inmersiones de buceo profundo, aprovechándose la plataforma para llevar a cabo una descompensación ficticia de entrenamiento. En S’Algar Reef (Arrecife de S’Algar) existe una plataforma aproximadamente de unos 10 metros de profundidad que, en un momento dado, cae en barbada hasta los 18-20 en una pared con bastantes agujeros y cuevas las cuales solían tener bastante vida como pequeños bonitos, barracudas, serviolas, etc. El Stanley’s drop off  se encuentra situado cerca del Escull des Coll Curt y viene a ser una plataforma emplazada a unos 10 metros de profundidad que baja rápidamente hasta los 27, donde está la arena. Hay cuevas y bastante vida, habiéndose observado la presencia de ejemplares de dorada.

El denominado S’Algar funnel es una galería que conecta el mar con tierra. Viene a ser como un bufador bastante grande. El submarinista se puede tirar al agua desde su abertura en tierra y, a través de galerías, salir al mar ya que se trata de un conjunto de tres cuevas que están comunicadas. Se encuentra emplazada prácticamente en la Punta de S’Algar, próxima al monolito de la milla medida, con salida al mar orientada hacia el Racó Fondo. La profundidad del agua en el bufador viene a ser de unos 6 metros y da a una cueva sumergida situada a unos 9 metros de profundidad. Esta galería, mediante otra cueva intermedia, se comunica con otra mucho más grande que se halla ya a 21 metros. Los jóvenes buceadores solían atravesarlas a pulmón libre, lo que no dejaba de ser algo imprudente por las consecuencias de un supuesto accidente que pudiera tener lugar en su interior. Al principio era bastante utilizada esta serie de galerías por la escuela de buceo, pero debido a su complejidad, fue abandonándose en beneficio de otros puntos menos comprometidos. Para buceadores experimentados no ofrece ningún problema; sin embargo, para los poco iniciados, podía suponerles algún tipo de aprensión. En la cueva grande, años atrás había una interesante columna formada por la unión de una estalactita y una estalagmita y, en su contorno, podían observarse generalmente algunos congrios bastante interesantes.

En la Illa de l’Aire se encuentran otra serie de sugerentes enclaves. En el Illot des Cagaires (que en realidad es una prolongación de la isla mayor, en principio sumergida y finalmente velando dando origen al illot mencionado) tenemos dos: The Coral Galleries, un túnel que atraviesa el brazo sumergido que une illa e illot en sentido este-oeste. En su interior existen otras derivaciones superpuestas. Se conoce como Galerías de Coral por la vistosidad de sus incrustaciones superiores, que no son de coral exactamente, pero ofrecen tal colorido que resultan espectaculares cuando son alumbradas por las linternas. “Siempre solíamos advertir a los alumnos que vigilaran su flotabilidad a fin de que no nadaran demasiado cerca de la bóveda puesto que con las botellas podían rascar y dañar tales formaciones. De hecho, podía observarse perfectamente en el fondo de la galería, con lecho de arena, que había bastantes desprendimientos originados precisamente por el roce de los equipos”.

EL CLUB S'ALGAR DIVING SE ENCUENTRA EMPLAZADO EN LA COSTA SUDESTE DE LA ISLA

En la boca que mira hacia el oeste, en un fondo de arena situado a unos 20 metros, podían observarse  cuando los temporales removían el fondo, algunos restos de un antiguo naufragio, el de la goleta de guerra de pabellón francés La Laurette, de 10 cañones y 52 tripulantes que, procedente de Tolón y Ajaccio, se dirigía hacia Argel cuando fue sorprendida por un duro temporal. Naufragó al atardecer del día 5 de marzo de 1823, perdiéndose en el acaecimiento 16 de sus hombres. Se dijo que los supervivientes pasaron la noche sobre el mismo Escull des Cagaires, soportando aquella mala mar y siendo rescatados a la mañana siguiente la mitad de los mismos por una embarcación desplazada desde Es Castell. El resto tuvo que esperar otra jornada, suponiéndose debían de encontrarse ya en la misma Illa de l’Aire. El otro punto es Orions Caves (Cuevas de Orión). Existe también una especie de espolón de roca que se dirige hacia la superficie conocido como The Spike que vela unos 20 centímetros en la superficie. Entre la Pesquera d’en Manuel y la Pesquera d’en Baciva, suben desde el fondo de unos 20 metros hasta los 10 dos picos de roca iguales y separados que han sido bautizados como Twin Piks, o Majestic Kingdom. Sobre este punto, Jon manifestaba que: “Recuerdo una jornada de buceo con bastante corriente de levante en que pude observar la presencia de una gigantesca mola de sargos pegados al fondo, que permanecían estáticos aguantando la corriente”. Dos espacios de arena con grandes rocas sueltas han sido bautizados como Giants Playground y Giants Extension como si se tratara de un lugar mitológico en que gigantes jugaran con piedras adecuadas a su estatura. En la zona existe una bonita galería que recorre interior, paralela y longitudinalmente la cara sur del acantilado de la isla. La vista del azul exterior desde la oscuridad del interior de la galería resulta increíble. En Sunday Morning Drive la embarcación de apoyo fondea en un extremo de Sa Mitja Lluna y los submarinistas nadan a diferentes profundidades libremente para ser posteriormente recogidos en el otro extremo. Parece ser se encuentran en la zona dos cañones. Por último, el Wedst end reef son las conocidas Lloses des cap de Llebeig, con diferentes rocas, plataformas y cuevas.

Con respecto al Baix d’en Caragol, el barco de apoyo solía fondear junto a la baliza cardinal sur que señala la peligrosa presencia del mismo. Al sudoeste baja bastante en vertical la pared hasta unos 20 metros, mientras que por la cara norte, la profundidad es mínima. Existen numerosas cuevas y galerías. En una de ellas permanecía instalada una pequeña escultura de ángulos rectos que alguien había colocado con la esperanza de montar un museo escultórico submarino.

PPRIMER PLANO DE LA EMBARCACIÓN DE APOYO

El Cap d’en Font es otra historia. Tom’s Belfry (Campanario de Tom) es una cueva que se encuentra a unos 14 metros de profundidad y penetra en línea recta y cuando se sale en su interior a la superficie, se encuentra una bóveda en forma de campanario en donde se pueden observar estalactitas y estalagmitas. Su resonancia resulta bastante interesante y a ello se debe su denominación. Muchos siglos atrás debieron de permanecer en la superficie puesto que de lo contrario la formación de la estalagmita no se hubiera llevado a efecto. Además, en su fondo, se puede observar perfectamente el trazado de un arroyo con su serpenteo y marcas de agua. La Cathedral Cavern es impresionante puesto que el submarinista puede moverse en un espacio que se encuentra entre la superficie y los 20 metros de profundidad. Es ancha y espaciosa y dispone también de cámaras de aire a las que se puede acceder y charlar con el compañero de inmersión. El denominado Pozo de la Luna (The Moon Pool) es también otro lugar impresionante, desenvolviéndose el submarinista en un máximo de 12 metros de profundidad, o de 4 si lo hace por la parte superior. En su extremo más interno existe una cámara de aire y una zona seca. Las vistas son preciosas y muy plásticas.

Con referencia al buceo nocturno existían dos actividades: para los avanzados y para los que realizaban el curso de esta especialidad. Se solía ir a la cala de Alcaufar y de los 2 metros se bajaba a una profundidad de unos 10 con fondo de arena. Es una zona que daba mucho juego puesto que había en la misma vida submarina nocturna y suficiente seguridad. Los alumnos además gozaban de la posibilidad de acercarse más a las especies debido a que, por el efecto de las linternas, quedaban deslumbradas. Alrededor del foco de las linternas solían revolotear una gran cantidad de criaturas diminutas al igual que lo hacen en tierra los mosquitos. Otra curiosidad la suponía la fosforescencia verdosa del plancton. Para los avanzados se llevaba a cabo en aguas abiertas frente a la misma cala de S’Algar. Hay que tener en cuenta que el campo de visión en estos casos se limita al alcance del foco de la linterna, lo que impide saber qué ocurre a tu alrededor. Por ello los instructores solían colocar sticks químicos luminosos para tener a los alumnos controlados en todo momento. Ello permitía que, en caso de que se le apagara su foco, pudiera ser igualmente controlado y auxiliado de ser necesario. “Lo cierto es que no me entusiasmaba en exceso pero podías ver mucha vida marina que, como he mencionado antes, debido a que los focos les deslumbran, puedes llegar hasta a tocarlos. Será entonces cuando se apartarán: pulpos, sepias, alguna morena, etc.”. Un detalle realmente cierto es que, en la actualidad, los centros de buceo han descendido en número debido a las fuertes medidas de seguridad y de infraestructura que les son exigidas por el Gobierno. Patrones perfectamente titulados, instalaciones de aire comprimido muy severas, etc. Años atrás existían muchos. Como sucede con toda actividad que destaca. El hecho es que la situación actual de crisis y recesión turística han motivado que en la actualidad se mantengan tan sólo las punteras, las mejor preparadas.

LA MAGIA DE LAS CUEVAS Y GRUTAS SUBMARINAS

Por cierto, un detalle que llamaría poderosamente la atención a Jon es que, buceando en el entorno de los Esculls d’en Truyol, en aguas próximas al Arenal d’en Castell, pudo observar numerosos proyectiles de cañón esparcidos por el fondo. Pero no de cañón del siglo XVIII, sino del XX, por lo que da la impresión que pudieron ser disparados desde la batería de La Mola de Fornells en ejercicios de prácticas de tiro en que hubieran elegido como blanco ambos escollos, puesto que no se encuentran en la línea de las baterías de Favàritx.

VISITANDO EL PECIO DEL SANTA CLARA

Resumiendo, para Jon los fondos de Menorca se asemejarían -metafóricamente hablando- a un bosque, así como los de Caribe y Barbados serían un jardín. Los de la costa donostiarra tienen más vida, tanto de flora como de fauna, aunque con una visibilidad mínima debido al oleaje, a la desembocadura de los ríos y al tráfico marítimo. En Menorca esta visibilidad es extraordinaria y, no existiendo tanta fauna, sí ofrece una flora bastante desarrollada. Y uno de sus principales tesoros son sus numerosísimas cuevas y galerías, abiertas a lo largo de los siglos debido a la característica del material de sus acantilados. Y una vez abiertas, la forma en que la naturaleza las ha revestido y “decorado” interiormente. Además, existe una fauna que tampoco la encuentras en el exterior, como el Ariosoma balearicum, una especie de congrio de talla pequeña que no sale al exterior de las mismas, o algunas especies de crustáceos.

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Tomás de Salort Pons

 

TOMÁS DE SALORT (CIUTADELLA)

Con Tomás de Salort mantuvimos una entretenida conversación hace años, en octubre de 2008, estando acompañados de Günter Manfred, natural de Nickelswalde (Alemania), donde nació el 5 de mayo de 1941, mientras que Tomás de Salort Pons es ciutadellenc y entonces tenía sesenta y cinco años de edad. Ambos, excelentes amigos y unidos por una misma afición, por la que sienten gran atracción: el submarinismo.

GÜNTER MANFRED Y TOMÁS DE SALORT, RECORDANDO PASADAS INMERSIONES

El primero comenzó a practicar este deporte en su etapa militar, en que sirvió en un comando de buceo, aunque más adelante obtendría el título de instructor en el DUC Bochum. En este club haría muchos amigos entre los cuales se encontraría el propietario de un chalet ubicado en la cala de Santandría, en Ciutadella El modo de obtener la titulación para practicar el submarinismo federado en Alemania, funciona de forma diferente a como se lleva a cabo en España. Así las cosas, un aficionado que quiera poder practicar este deporte libremente lleva a cabo diversas inmersiones acompañado de un instructor que le llevará a diversas profundidades. Una vez comprobado que todo marcha correctamente, el instructor firma un documento que confirma que el aspirante ha efectuado los pasos legales para comprobar su aptitud para obtener dicha titulación. Por su parte, Tomás, viviendo como está en una isla rodeado por el mar, como consecuencia de un poder de atracción casi irresistible, no tardaría en iniciar sus primeros escarceos bajo la superficie con tan sólo diez u once años de edad. 

GÜNTER MANFRED

Recuerda sus inicios en el buceo con una pequeña embarcación, con unos “patos” de fabricación casera y una máscara también de fabricación casera. ¿Su edad, entonces? Pues lo dicho, once o doce años, más o menos, en 1955 o 1956. A partir de entonces la afición iría in crescendo poco a poco. Poco después se fabricó un primer arco de concha con el cual se intentaría cazar algún pez accesible, lo que se iría probando por diferentes calas y playas, hasta la llegada del primer fusellet. Ahí es entonces dónde se comienza realmente la aventura submarina, una aventura que se prolongará por espacio de casi 55 años. Cuando es licenciado del servicio militar se hace pescador profesional por espacio de veintinueve años, labor que alternará con trabajos submarinos puramente profesionales, como el tendido de los cables eléctricos entre cala Mesquida (Mallorca) y Cala en Bosc (Menorca) en que trabajaría para Pirelli (Italia) por un espacio de tres años, cubriendo el recorrido del denominado Canal de Menorca por cuatro veces entre revisión, tendido y colocación de los cuatro cables que suministran la corriente desde la central de Es Murterar. Previamente a esta colocación estuvo trabajando para la misma firma en el estudio sobre el terreno, esto es, bajo el agua, de los sedimentos de las distintas zonas de la costa menorquina para obtener una media del grado de corrosión en que el medio (aguas, algas, lodos, etc.) pudiera afectar a los cables con el fin de procurar dar a éstos la protección necesaria antes de ser tendidos. Para ello y junto a varios ingenieros de la empresa italiana estuvieron obteniendo multitud de muestras de hasta un metro de profundidad en el subsuelo marino, efectuando las extracciones mediante el empleo de unas jeringas especiales, muestras que serían posteriormente analizadas en los laboratorios de la empresa. Las pruebas se llevaron a cabo en multitud de calas del litoral isleño: Cala en Bosc, s’Algar, Son Saura del nord, Cala Prudent, Fornells, etc. “Para entonces los trabajos del tendido se habían iniciado en Mallorca, donde se habían efectuado ya dichas pruebas. Cuando las hicimos en Menorca los técnicos se encontraron con un tipo de agentes corrosivos diferentes juzgándose que, con el paso del tiempo, podrían llegar a dañar los cables y por ello se tuvo que levantar parte del tendido (que ya se encontraba enterrado y hormigonado) para meter los cables en unas canaletas que estarían rellenas de un componente especial a base de asfaltos y otros materiales para después ser cerradas y precintadas dándoles la adecuada protección. Para ello no primaba el recorrido, que como se sabe el empleado es el más corto entre ambas islas, si no para obtener el grado necesario de protección para los cables a instalar. La revisión de la instalación vendría después y me llevó tres años de inmersiones. Hay que precisar que los cables no discurren exactamente paralelos. Sí lo están al principio y al final, en que la separación entre ellos es de unos 8-10 metros, pero durante el recorrido, puede haber hasta 100-120 metros de separación debido a las condiciones del fondo en que reposan. De ellos siempre hay tres funcionando mientras el cuarto permanece en reserva, efectuándose la permuta mensualmente”. 

La profundidad máxima a la que bajó para hacer las revisiones fue de 92 metros, con botellas de aire de compresor normales. “Aquello suponía un riesgo muy grande, pero reinaba entre los buceadores mucha tranquilidad, se trataba de un trabajo continuo y prácticamente diario, para el cual el cuerpo había sido acostumbrado y estábamos muy controlados. Hasta los 40 metros las inmersiones las hacíamos a pulmón libre y a partir de los 40 con escafandra. Se trabajaba el tiempo permitido con unas buenas tandas de descompresión. Llegué a estar durante 3 horas y 45 minutos haciendo la descompresión colgado de una silla tras haber trabajado 12 minutos a 92 metros de profundidad. Con nosotros se encontraba el doctor Gabarreau, un francés que había estado trabajando once años codo con codo con el célebre investigador marino francés Jacques-Yves Cousteau a bordo del Calypso”. Aquel profesional de la Medicina había estado trabajando durante tres meses en la preparación de un programa de inmersiones adecuado y su concurso ayudaría a que todo el proceso se desarrollara sin ningún tipo de problemas.

UNO DE SUS PRIMEROS EQUIPOS. UN TANTO RUDIMENTARIO PERO EFICAZ, DEL CUAL SACARÍA PARTIDO

Tomás y Günter se conocieron en 1968, en un día en que encontrándose el primero dentro del agua al través de Ses Fontanelles y, debido a su gran afición, practicando la pesca submarina, de pronto, vio como desde el fondo ascendían las burbujas de unos escafandristas. En un primer momento supuso que debía de tratarse de algún pescador que llevaba a cabo su afición utilizando botellas de aire comprimido: “Aquella era una época en que había varios que lo hacían y yo pensé para mis adentros -’a vam qué fot aquest’- esperando ver de quién se trataba” Pero la sorpresa fue mutua porque Tomás no tardaría en comprobar que, en su mano, aquel submarinista llevaba una inocente filmadora. El otro también se llevó el consiguiente susto, por encontrarse de súbito con una gran sombra encima de él cuando estaba ascendiendo tranquilamente. A Günter le acompañaban aquel día otros dos amigos, de su misma nacionalidad y practicantes del mismo deporte: Gottfried Kahra y Heinz Hammelmann. En aquellos momentos todos ellos se encontraban sobre una sonda de unos 30 metros de agua en la que Tomás era el único que la cubría a pulmón. Hablaron entre ellos y se despidieron. De este primer contacto se cumplen ahora cuarenta años. Un espacio de tiempo en que llevarán a cabo conjuntamente innumerables inmersiones y descubrimientos en las inigualables profundidades de la costa menorquina como el del pecio del Francisquita, del cual se tratará más adelante puesto que fueron ellos dos quienes lograron encontrarlo por primera vez tras muchos años de búsquedas infructuosas por parte de otros diversos submarinistas.

Es necesario precisar que Günter había llegado a Menorca prácticamente por casualidad, tras ser invitado por el amigo de su misma nacionalidad que conociera en el DUC Bochum, el cual tenía un chalet en la cala de Santandría en dirección a cala Blanca, "Biniaia". Günter venía desde Alemania hasta Barcelona con el coche en el cual, además de la familia solía cargar sus botellas de aire comprimido y toda la artillería necesaria para llevar a cabo su hobby. Llegados a la ciudad condal, embarcaba en el correo hasta Mahón. Y tan impresionado quedaría en su primer contacto tanto de la isla en sí como de sus fondos marinos, que desde entonces ha venido ya cada año a pasar un mes, bien en la casa de sus amigos, bien en un hotel. Así fue como conoció a Horst Huhenstein, entonces propietario del "Poseidón" (anteriormente hotel "Bahía"), en Santandría, que también era instructor de buceo.

TOMÁS Y GÜNTER DESCANSANDO EN EL INTERIOR DE UNA GRUTA. LA COVA DES PONT D'EN GIL

No pasaría mucho tiempo y Fernando Al·lès, que entonces explotaba el hotel Set Voltes, de la cala de Santandría y actualmente vinculado al semanario El Iris, de Ciutadella, volviera a poner en contacto a Tomás y a Günter a fin de que el primero, como gran conocedor de los fondos de Menorca, mostrara al segundo los puntos que pudieran resultar más interesantes y representativos. La profesión civil de Günter era entonces la de conductor del vehículo y al propio tiempo escolta personal de un importantísimo director de una cadena de la banca privada de Alemania, llegando incluso a ir armado por cuestiones de seguridad. La de Tomás de Salort, tener un centro de jardinería, aunque delegaba en su hija Esperanza, Nancy, mientras él trabajaba de buceador profesional realizando todo tipo de trabajos dentro de su área, lo que no evitaba el que practicase el buceo deportivo en sus horas libres. Hay que añadir, además, que Tomás de Salort pertenece a la nobleza ciutadellenca y en el aspecto personal, sería un gran error no precisar su carácter llano, jovial y totalmente campechano.

Tomás y Günter, merced a la intervención de Al·lès, habían vuelto a encontrarse y no tardaron en establecerse entre ambos unas relaciones amistosas que duran ya cuarenta largos años durante los cuales han realizado numerosas inmersiones cuando el segundo venía de vacaciones a Menorca, recorriendo los dos juntos los diferentes parajes submarinos buscando, fotografiando o filmando lo que más les interesaba: moluscos determinados u otras especies marinas, cuevas, parajes, etc. Tomás, por su parte, realizaba inmersiones durante todo el año, puesto que es una afición que le llena por completo. Y así fue como, nadando en solitario, llevaría a cabo en una de sus inmersiones uno de sus grandes descubrimientos: la hoy tan popular y conocida Cova des Pont d‘en Gil, que visitaría posteriormente en diversas ocasiones con sus amigos alemanes cuando estos vinieron a pasar sus vacaciones a Menorca.

Todo había comenzado en la mañana del día en que descubrió 3 cigalas y decidió capturarlas. Debía ser más o menos el año 1967-1968. Se encontraban cerca de una grieta. Cogió las dos primeras sin problemas, que colgó en el neumático que empleaba como boya pero la tercera, tras fallar en el intento,  se metió rápidamente en la grieta. Tomás ya había observado la existencia de este orificio en anteriores ocasiones, pero la verdad es que no le había dado mayor importancia. Pero quería la cigala y fue tras ella. Se metió en la grieta y cuando iba a echarle el guante, el crustáceo, que ya estaba ‘escalivat’ de la mano del submarinista, se había vuelto esquiva, por lo que se metió más hacia dentro. Y Tomás detrás. Se había ido comprimiendo el paso pero él continuó y de pronto aquello comenzó a agrandarse y a tomar altura. Enseguida se percató que en aquella cámara había aire, pero estaba completamente a oscuras. Logró capturar la cigala fugitiva y volvió a salir al exterior. Tres meses o medio año después volvió a investigar el agujero, la cueva o lo que fuera ya que no había avanzado más el primer día. “Linternas para alumbrar adecuadamente una cueva bajo el agua no había por aquellos años. Y allí adentro, existían otros pasadizos. Para no tener problemas (la arena del fondo es muy fina y si se removía reducía notablemente la visibilidad), decidí ir soltando un cabo para tener perfectamente identificado en cualquier momento el camino de vuelta. Cuando uno va solo, cualquier precaución es poca...”. Se dio cuenta entonces de que había entrado en una gran sala y como llevaba una vela en un compartimento estanco, la encendió al haber detectado cámara de aire y la puso sobre una piedra que ascendía del fondo hasta quedar en seco la cual bautizaría como El Altar y, continuando en su avance, llegó hasta un pequeño varadero. Asombrado intentó adivinar las proporciones de aquella oquedad que parecían inmensas pero carecía de suficientes medios y se perdía en la oscuridad. Llegó el verano y con éste sus amigos. Lo comentó muy pronto a Günter y a Heinz que se mostraron entusiasmados con el proyecto de recorrer aquella cueva.

Ellos tenían muchos más y mejores medios y la expedición podría resultar con mayores garantías. Como tenían lámparas y linternas apropiadas,  un día entraron juntos en la misma y el hallazgo les sorprendió muy gratamente. “La cueva tiene 4 ó 5 estancias en las que puedes respirar por existir cámara de aire y, desde su boca, se interna unos 200 ó 210 metros tierra adentro, siempre a oscuras. La única luz existente es la que puede llegar desde el mar a través de los pasadizos o galerías. En el fondo existe una pequeña playa y agua dulce”.

ES EL MOMENTO DE RECORDAR PASADAS AVENTURAS

Tomás de Salort recuerda perfectamente que fue su buen amigo y también submarinista activo Virgilio Castells Pou quien ya le mencionara la existencia de cámara de aire dentro de la grieta, aunque no la hubiera recorrido. Y cierto día llegó a Menorca el célebre investigador submarino catalán Eduard Admetlla para efectuar la filmación de los reportajes que tras la serie ”La llamada de las profundidades” que fuera emitida por televisión, tituló como “Nuestras islas”. Asesorado por el propietario del restaurante Can Manolo, del puerto de Ciutadella, éste le puso en contacto con Tomás para que le llevara a la cueva y de esta forma pudiera filmar un documental sobre la misma. También hay que hacer otra precisión y es que existen páginas en internet que hablan de esta cueva y, erróneamente, adjudican su descubrimiento a Eduard Admetlla, cuando fue Tomás de Salort a instancias de Manolo quien llevó al investigador catalán hasta la misma y mostró su estructura. Tras ello, Tomás colaboró directamente con él, mostrándole otros puntos interesantes que fueron cuidadosamente filmados, quedando maravillado desde entonces de los fondos submarinos menorquines.

Una vez suficientemente reconocida, Tomás de Salort dibujó un plano con las diferentes galerías y las coordenadas necesarias para entregarlo al antiguo barón propietario de la finca en la cual se encuentra emplazada por si encontraba de su interés la explotación turística para lo cual debería de abrir un acceso en tierra firme y en terrenos lógicamente de su propiedad. “Pero desde entonces no volví a saber nada más y pasado el tiempo me desentendí del tema. La cueva ya comenzaba a ser conocida por mucha gente y, conocido por  uno, conocido al poco tiempo por muchos. Muy pronto comencé a encontrar colillas, observar estalactitas arrancadas, botellas vacías de ginebra y cerveza... porque la gente lleva estos productos en envases estancos y una vez dentro, como hay aire, salen del agua, se sientan y pasan el rato. Tras ver lo sucedido con la cueva tomé la decisión de no enseñar ningún otro de mis descubrimientos a nadie. Si pasados veinte o cincuenta años cualquier otro submarinista lo descubre, pues bien, ya será su responsabilidad”.

UN PREMIO: EL MERCANTE FRANCISQUITA (IMAGEN DE GUIDO PFEIFFER)

Y llegó la hora de intentar encontrar el pecio del Francisquita, aquel vaporcito hundido en los años cincuenta y hasta entonces en ubicación desconocida y, por contra, desde que fuera descubierto por ellos, visitado por numerosos escafandristas de todas las nacionalidades. Ya habían realizado hasta entonces numerosas inmersiones Tomás, Günter y sus otros amigos alemanes y, en las distintas conversaciones preparando el programa de las que tenían que realizar en los siguientes días había salido el nombre del mercante que se había ido a pique tras colisionar con la seca de punta Nati por un error de interpretación o reconocimiento del faro llevado a cabo por el oficial que se encontraba en esos momentos en el puente junto al timonel. Tomás, junto a Heinz, Gottfried y otro alemán decidieron buscarlo pues podría resultar una magnífica aventura. Debían de ser los años 1971-1973, más o menos. El primero sabía aproximadamente el punto en que se había hundido tras haber estudiado una serie de fotografías que le enseñó en su momento el magnífico y desaparecido profesional ciutadellenc Hernando (el que iniciara la saga de fotógrafos que continúa a pleno rendimiento en nuestros días de la mano de sus herederos), pero había que encontrarlo. Junto con un pescador local al que contrataron para que les llevara a donde éste conocía por señas la ubicación del pecio, Bep Caules, efectuaron sus inmersiones, cada buceador en una zona determinada alrededor del supuesto punto, puesto que un pecio no es más que éso, un punto en una carta náutica, pero no encontraron nada, volviendo a tierra descorazonados y abonando los gastos al pescador de las horas perdidas en el intento. Tomás había escuchado, como otros, los comentarios de diversos pescadores de que, desde la superficie, durante los primeros años podían ver en días claros las galletas y la cofa de los palos del buque sumergido. Él consideraba aquella afirmación como una probabilidad que podía darse perfectamente como posible, claro está, en unas condiciones de mar y luz adecuadas. Que no era descartable, vamos, aunque él no lo comprobara nunca, puesto que habiendo ido al lugar junto con quienes decían haberlo visto, en ese momento no lograron ver nada en absoluto. “Posiblemente nos equivocaríamos en 50 metros más al norte, más al sur, al este o al oeste, pero no debía ser el punto exacto”.

Con la llegada de Eduard Admetlla a Menorca para llevar a cabo sus filmaciones, éste le sugirió la posibilidad de filmar también el buque en cuestión. Pero, claro, había que encontrarlo... y fue otra expedición que resultaría igualmente fallida.

A LA IZQUIERA EL FRANCISQUITA YÉNDOSE A PIQUE. A LA DERECHA, EL CIUDADELA

Un nuevo año y un nuevo intento, esta vez, desde Ses Fontanelles, con otro pescador profesional conocido por “Jaumet”, patrón de la embarcación de Toni Moll Faner, al que contrataron sus servicios y alquilaron su barca, pero resultó otro fiasco. Por fin, Tomás y sus inseparables amigos alemanes decidían volver a intentar localizarlo por su cuenta. Aquel día planificaron cuidadosamente todos sus movimientos, tomaron diversos apuntes sobre la carta, anotaron los intentos anteriores y se sumergieron. Pero, por fín, aquel iba a ser un gran día porque, en un momento dado, aparecía ante ellos una gigantesca y altiva sombra: aquella imagen mostraba lo que podía ser perfectamente un buque, adrizado como si estuviera aún navegando y reposando sobre un fondo de arena blanca. La cota baja estaba en 65 metros, mientras que la parte más alta de la superestructura (sin contar los palos), en los 42. Los palos ascendían a su vez verticalmente hacia la luz de la superficie otros 20 metros. El corazón les dio un gran vuelco tras comprobar que su tenacidad y constancia había dado sus frutos y, por fin, podían ver perfectamente ante ellos el famoso carguero que se había hundido hacía casi veinte años. 

A partir de entonces volvieron muchas otras veces y lo estuvieron recorriendo, comprobando la carga que portaba en su interior de la que actualmente quedaban cantidades ingentes de baldosas de arcilla cocida, la sala de máquinas, la cámara del capitán, etc. Cada vez que lo visitaban marchaban más entusiasmados. Y más adelante, los amigos alemanes de Tomás mostrarían el pecio a otros compatriotas suyos que habían montado en Ciutadella una escuela de buceo quienes serían los que comenzarían a organizar para sus alumnos las excursiones al pecio para dar a conocer sus características y, poco a poco, la situación sería de pleno conocimiento público. “A mí me gusta mucho la naturaleza sumergida y cuando comencé a observar que las visitas aumentaban dejé de ir..." Y proseguía Tomás: “Demasiada gente. De todas formas hay que decir que este mismo verano estuve observando su timón, que perdiera con la brusca colisión, el cual reposa en el mismo punto en que quedó en su momento, en la seca de punta Nati”.

Por su parte, Günter estuvo obteniendo información sobre el mercante hundido para su amigo Heinz Hammelmann y el profesor Hajo Schmidt, de la Universidad de Heidelberg, trabajando con el primero en la obtención de las imágenes necesarias para ser destinadas a un libro que estaban preparando los dos últimos sobre pecios de las Illes Balears.

EL VAPOR MERCANTE TORRE DEL ORO, DE TRISTE FINAL EN LA COSTA DE SON MORELL (CIUTADELLA)

Del pecio del Torre del Oro, del cual tan sólo hubo dos supervivientes, Tomás se acordaba de que era portador de mucho plomo. Se encuentra -lo que queda de él- a unos 200 metros de la bocana de cala Morell, en el Cul de sa Ferrada. “Hoy, como barco ya no existe, aunque sí queden diversos restos desperdigados por la zona. Hay que tener en cuenta de que se trata de un sector de la isla muy batido por los temporales de tramontana que, al mover grandes rocas, actúan como auténticas machacadoras con todo lo que encuentran”. Algo parecido sucedió con el casco del Francina, el mercante danés que fuera el último naufragio en esta zona tan rica en yacimientos de todo tipo. Hay que recordar que de cala Morell a punta Nati se han hundido en diferentes épocas el Ioannis, el Francina, el Francisquita y el Général Chanzy -sólo en cuanto a barcos grandes se refiere-. Pero de embarcaciones dedicadas al cabotaje, de pescadores y de recreo, así como naves de otras épocas precedentes, resultarían incontables por falta de datos fehacientes o documentación apropiada.

Un barco del que guarda buenos recuerdos y al que ha visitado en numerosas ocasiones es el Malakoff, quizás el que tiene hoy por hoy una vida submarina más intensa. Impresionantes bancos de espets, de servias y meros pueblan el mismo. “Servias inmensas, de unos cuarenta quilos de peso que te impiden en ocasiones desenvolverte con naturalidad por el pecio. La vibración, las fuertes corrientes a su paso alocado entre aquellos hierros, te obligan a sujetarte la máscara con fuerza si no quieres que te salte y te quedes sin ella. Recuerdo que una vez estuvimos allí junto Günter, Heinz, otros amigos y yo. Nos llamó la atención porque había mucha sangre. La respuesta vino muy pronto al ver cómo varios tiburones estaban atacando a estas descomunales servias y, claro, cuanto más sangre había más enloquecían, y nosotros allí arriba observándolo todo. Al final decidimos no bajar. Volvimos a la mañana siguiente y descubrimos nadando entre los restos de la parte superior del pecio a una gran servia que tenía en su nuca un fuerte dentellada. ¡Y vaya dentellada! Se veía viva, pero medio aletargada, parecía incluso que indefensa”. A Tomás no se le ocurrió entonces otra cosa que intentar capturarla y llevársela a casa, utilizando para ello el cabo de fondeo de la embarcación al cual la amarrarían y, cuando viraran el ancla, subirían con ella a la servia. Se trataba de una excelente pieza pues debía de pesar sus buenos 45 quilos. “Cuando la cogí por la cola con la idea de arrastrarla hasta el cabo del ancla, me pegó un coletazo que un poco más me parte la columna tal fue la fuerza del impacto de aquel movimiento. Resultó una auténtica aventura pero, finalmente, conseguí amarrar el pez al cabo”. Günter considera poco interesante el Malakoff como pecio dado el estado que actualmente presenta; a él le gusta y atrae más el Francisquita. Recuerdan ambos haber extraído del primero diversa porcelana (piezas de vajilla) e incluso botellas de champagne que descorcharon más de una vez cuando estuvieron arriba una vez finalizada la inmersión. Cuando fue subastado el buque en su día, el adjudicatario del mismo, un industrial apellidado López Freijomil, logró extraer de sus bodegas abundante cubertería y otros elementos de plata.

Tomás aún se sumerge en sus aguas menorquinas; por el contrario, Günter hace ya un par de años que dejó este duro deporte definitivamente aparcado por problemas de salud. Al haberle, en su momento, aconsejado los médicos abandonar este tipo de actividad, regaló todo su equipo a su hijo y él, en la actualidad, ha cambiado la máquina fotográfica y la filmadora submarinas por la escopeta de caza.

Volviendo al caso particular del naufragio del Francina, hay que decir que Tomás se acuerda perfectamente de aquel desgraciado suceso. Aquel buque que se incendió y fue a embarrancar en es Degotadissos, cerca de cala Morell donde acabó destrozado por los temporales, algo que pudiera haberse evitado perfectamente de no haber cundido el pánico a bordo. “Recuerdo que a los dos días fui a verlo y subí a bordo. Estaba con don José Villalonga, quien entonces era la autoridad de Marina en la zona de Ciutadella y con Pedro Díaz. Aquel barco se había podido salvar perfectamente. La tripulación tuvo miedo y lo abandonó de cualquier manera. A bordo había un incendio declarado y un cargamento de explosivos. Pero aquellos explosivos eran cartuchos de caza que, por mucho que explotaran llegado el caso, no eran dinamita. Pero ellos fueron víctimas de un pánico atroz y se tiraron a la mar. ¡Pero vaya mar!. Había un fuerte temporal. Después me pasé aquella misma noche en cala Morell junto a la Guardia Civil para ir recuperando los cadáveres que las olas aproximaban a tierra. Aquello daba miedo. Veías aquella mar impresionante, la tripulación muerta y sin embargo, el barco permanecía entero, enrocado sí, pero entero. Fue un error increíble por parte de aquella tripulación. Fue algo incomprensible tan sólo achacable al enorme pánico que sintieron. Y lo que son las cosas: el temporal amainó, la mar encalmó y aquel barco seguía allí...”

Günter, por su parte, no ha tenido jamás problema alguno en la mar personalmente, haciendo gala a la meticulosidad típicamente germana aunque, sin embargo, sí ha tenido que auxiliar a otros compañeros que sí los tuvieron al menos en cuatro ocasiones. Uno fue precisamente una chica en el pecio del Francisquita al entrar en la cámara del capitán. Parece ser que en aquellos momentos sintió lo que se conoce como “borrachera” o “narcosis” hasta el punto de perder el conocimiento. Günter se percató de ello y sin pensárselo dos veces la tomó y subió hasta una veintena de metros de la superficie, donde recuperaría el conocimiento. “Aquello, afortunadamente acabó bien”- diría. Otro de los problemas de un submarinista bajo el agua es el pánico... “el pánico bajo el agua es la muerte...” afirmó Tomás mirando muy seriamente. Y añadió: “Puede suceder por la oscuridad dentro de una cueva, al quedarte enganchado con algo, o encontrarte impotente para salir airoso de cualquier contingencia.... el pánico puede venir acompañado perfectamente por una parada cardíaca. El miedo puede alcanzar en la mar cotas tan altas que no puedas dominarlo. Puedes perder las botellas en un momento dado por haber tenido que quitártelas para acceder a un sitio estrecho. Yo, en mi trabajo profesional, me las he tenido que soltar más de una vez. Por culpa de un golpe o por engancharse puede saltarte el regulador y con ello te encontrarás de súbito sin aire. Yo mismo he tenido en mi vida profesional varias enganxedetes... sin ir más lejos” Al preguntarle si recuerda alguna -que tiene que recordarlas todas, porque es algo que nunca se olvida- me mira, sonríe y contesta: “¡Uff! de tot color’... però, no... ’deixem-ho aqui’ Es igual que un chófer o un taxista que trabaja en la carretera. Pueden pasar cientos y cientos de quilómetros y no ocurrir nunca nada, pero un día, el que menos te piensas, pasa. Éso viene con la profesión. Quizás, seguro, que pasarás un mal momento, pero lograrás salvarte. Posiblemente y en nuestro caso, los submarinistas tenemos otro sentido que nos advierte de las cosas. Irás a hacer algo y de tu interior brotará, sin saberlo, un ¡no!, ¡no! Si lo escuchas, posiblemente vivirás muchos años. Ahora, si dices haré un par de segundos más, o ¡que más da...! estarás listo” Günter que está escuchando atentamente va asintiendo a todo lo que dice su compañero y certifica sonriendo: “Tú y yo, no problema. ¡Nunca!” Tomás ríe y le responde: “Contigo, seguro que no. Sólo, ya es otra cosa. En todos estos años he visto y conocido a muchos submarinistas y he visto cometer muchas barbaridades, pero... no pasa nada. Cuando vas debajo del agua y te encuentras frente a frente con algún animal de tamaño considerable pero tu te comportas y guardas las distancias, él tambien te respeta...” Ello viene a cuento porque, en tantos años de profesión y afición, Tomás ha tenido que haber visto todo tipo de criaturas marinas. Tiburones... “Muchos. Muchísimos. No había año en que no viera alguno, o más de uno. Nunca te imaginarías dónde vi el tercero y quizás uno de los más grandes... dentro de la mismísima cala Blanca, con tres metros de agua y moviéndose entre la numerosa gente que estaba en aquellos momentos nadando. ¡Y nadie en absoluto de quienes estaban en el agua se dio cuenta de ello! Parece increíble, pero así sucedió. En la cala se encontraba mi cuñado llevando el timón de nuestra barca y otra de pasajeros, Brisa, la primera de este tipo que tuvimos en Ciutadella, patroneada por “Panxo”, que al mismo tiempo trabajaba en el Ayuntamiento. Éste le preguntó a mi cuñado a ver si era yo el que estaba en el agua. Al asentir afirmativamente el otro, le insistió en que le advirtiera de que saliera sin falta del agua porque había un tiburón de unos dos metros por aquella zona. “Yo me acuerdo perfectamente, porque el tiburón había entrado desde fuera poco a poco. Yo fui tras él y vi como estuvo serpenteando entre los bañistas sin hacer nada de nada. Cuando había una sonda de unos tres metros de agua escasos, dio la vuelta y de la misma forma en que había entrado se dirigió hacia la salida y desapareció. Nosotros ni abrimos la boca pues habría estallado el pánico y entonces, las consecuencias sí que habrían sido imprevisibles”.

En el puerto de Ciutadella estuvo trabajando en la construcción de la caseta de medición de las rissagues, junto al Club Náutico y que un día golpeara el buque Rolón Plata en una de sus entradas a puerto. “Cuando salí del agua, Jaume, el conocido mestre d’aixa ciutadellenc le preguntó: “¿Qué?, ¿te ha pasado algo? -y yo le contesté, ¿que quieres que me pase? él, incrédulo me insistió ¿pero no lo has visto? Ha ido por tres veces al varadero para pegarle a las sardinas... ¿pero no te ha mordido?. Aquél tiburón debía tener una envergadura aproximada de dos metros, pero a mi ni se me acercó”.

“En otra ocasión me encontré con otro tiburón. Aquél sí que era grande”. Salort solía salir mucho con Tomás Vivó, de la gasolinera, hijo de un primo suyo. Aquella mañana se habían tirado al agua en Algaiarens, donde Vivó, que era ingeniero y siempre estaba ideando inventos, había construido a partir de un pequeño motor fueraborda Evinrude y una cámara de coche, una especie de ‘torpedo’ para nadar y no tener que bogar con las piernas con lo cual no se cansaría (más adelante, la industria lanzó al mercado un artilugio semejante). Tomás iba a pescar, como tenía por costumbre y había llegado a una gran piedra existente junto a cala en Carbó, Algaiarens. Tras sumergirse y escudriñar bajo una gran piedra vio que por encima de él pasaba lentamente una gran sombra. Su capacidad de aire se había consumido pero decidió esperar a que aquella sombra marchara. “Aquel tiburón medía 4 metros, lo ví perfectamente y se trataba de un tiburón blanco. Cuando estuve en la superficie pregunté a Tomás Vivó si lo había visto. ‘¿que si lo he visto? ¡me ha tirado dentro de las rocas!” Recuerda que con Pepe Florit, el conocido y desaparecido pescador ferrerienc que residiera en es Castell, estuvo comentando el hecho y de que se tratara, además, de la temida especie que se ha utilizado en numerosos documentales y películas. Florit le confirmó que él también había tenido varios encuentros con ellos.

UN COMPAÑERO NADA SIMPÁTICO CAPTURADO POR SALORT

Revisando los cables eléctricos que amarran en cala en Bosc se ha topado numerosas veces con delfines, una especie inofensiva y, cerca de cala Blanca, más concretamente en la zona dominada por la arena denominada s’Aigua dolça, ha visto tiburones morder y roer piedras, también los ha visto en el Cap de Menorca (o Bajolí) y en el Illot de ses Bledes. Posiblemente había visto un pez u otro bocado interesante esconderse tras una piedra y él, con una rabia inusitada, intentar apartarla o romperla sin ningún pudor, con una fiereza sobrecogedora. Sin embargo, cuando se daban cuenta de la presencia del hombre, en este caso de Salort, marchaban rápidamente. “Un día cogí uno -del cual poseo una fotografía en casa- que pesó 56 quilos. Medía, si no recuerdo mal, un metro sesenta centímetros”. Günter se acuerda perfectamente de la fotografía. “Y en cierta ocasión me llamó el comandante Villalonga, que estaba al frente de la Ayudantía de Marina de aquí, de Ciutadella, para que fuera a auxiliar a un gran pesquero de los llamados ‘marrajeros’, de la matrícula de Alicante, que había enrollado fuertemente en su eje y hélice uno de los palangres, gruesos palangres, flotantes con los que suelen pescar sus presas. Había tenido la mala fortuna de, en un momento dado y debido al estado de la mar, de enganchar la gruesa línea madre, de varios kilómetros y con el calor se había hecho una pelota que, desde el barco, resultaba totalmente imposible liberarse de ella. En consecuencia, el patrón había solicitado auxilio por la radio puesto que se encontraba a la deriva y totalmente sin gobierno. Se encontraba a 4 millas por fuera de punta Nati. Aquel barco debía de tener una eslora de entre los 50 y 60 metros, de casco metálico. Me fui para allá y cuando les localizamos, nos aproximamos a su costado y tras ponerme el equipo y armarme de un cuchillo -que luego no serviría para nada- me tiré al agua. Me acerqué y quise hacerme una idea de la situación. La línea madre estaba fuertemente enrollada y, además, en gran cantidad, de forma que, mientras pudo girar el eje, todo se había recalentado y había hecho un muñón, que había quedado  completamente pegado. Quedaban muchísimos metros en el agua, miles de metros, pero lo primero que vía era que en los primeros tres anzuelos que venían junto al barco, estaban enganchadas tres tintoreras enfadadísimas. Parecían leones pues querían tirarse a por mí. Bueno, parecía, no... querían, pero no podían pues estaban fuertemente enganchadas. Desde arriba me pasaron un cabo al que, tras cortar, anudé la línea madre para que los sacaran, pero el primero, completamente loco, había cogido a mordisco la pala del timón y se convulsionaba con fuerza como queriendo arrancarla. Uno de los marineros de a bordo me llamó y me ofreció un cuchillo grande para que lo matara, ¡sí, hombre!” El otro insistía en que se lo clavara en los orificios branquiales puesto que, con que sólo cortara una, “sacaría sangre y moriría”. Tomás se reía al recordarlo. “Yo me tenía que apoyar en el timón para poder trabajar puesto que las olas me movían constantemente y no podía precisar los cortes en el palangre. En el preciso momento en que pude asirme, aquel animal se soltó de golpe, aunque permaneció cogido. Menos mal que los pescadores se dieron cuenta y tiraron de él al instante, porque si no... estaba hecho una fiera. Las tres eran tintoreras de más o menos 1 metro y tenían un color azul intenso. Pero menudo genio tenían. Probé entonces con el cuchillo y qué va. Ellos lo afilaban, pero no servía de nada. Finalmente me dieron un arco con sierra para cortar hierro y aquello fue otra cosa. Lento ya que me llevó una hora y media, pero conseguí liberar al eje y a la hélice del problema. Durante todo ese tiempo estuve con un ojo en el trabajo y con el otro vigilando el entorno pues no hacía ninguna gracia permanecer en el agua tras la experiencia. Además, era difícil puesto que la hélice va protegida con unos barrotes a modo de jaula precisamente para que los aparejos no se enganchen en ella y para poder pasar tuve incluso que quitarme las botellas de aire, colgarlas fuera de la jaula y sostener el regulador”. A la hora de volver le regalaron una tintorera pelada. Él no la quería pues creía que no le gustaría pero ante la insistencia del patrón se la llevó. Pues resultó un manjar fantástico y suave “estaba completamente engañado. Quien lo iba a decir. Un bocado excelente”. Desde entonces, más de una vez ha vuelto a probarlo cuando las barcas de arrastre regresan a puerto y Conrado, el encargado de la gasolinera del Moll de la Trona (por cierto, con los cimientos submarinos construidos por Tomás) pelaba alguna y avisaba al personal a degustar un buen bocado.

Otras especies observadas por estos amigos han sido mantas. Günter dice que cada año vienen al mismo punto, en Es Dormidor, cerca de cala en Bosc. Muy grandes. Debían de tener unos cuatro metros de envergadura de extremo a extremo de las alas y unos ochenta o noventa centímetros de grosor en el cuerpo en su parte central. La cola debía tener unos cuatro metros de larga y en su inicio, en la base de ésta, el grosor de un muslo, más o menos. En los meses de septiembre suelen formarse unas moles de salpas en las que puede haber a miles, ya que se acercan a la costa a desovar. “Existen unas nubes de salpas que asusta por la increíble cantidad de ellas que hay y te envuelven. Me acuerdo que un día estaba reunidas cuando aparecieron dos mantas. Yo no había visto nunca unos animales tan grandes. Nadaban muy próximas a tierra entre la punta des Xòric y cala en Bosch. En otra ocasión estaba pescando con otro amigo mío, José Casasnovas, que se quedó con la tienda de López Freijomil. Estábamos en el agua y me llamó preguntándome si quería que cazáramos una ferrassa (en Mahón esta especie es más conocida como escorçana). Cuando la vi le pregunté si estaba seguro de querer cogerla. Teníamos una pequeña ballenera para desplazarnos y visto el tamaño de aquel animal le advertí de que podía llevarse la pequeña embarcación hacia el fondo. En el último momento se arrepintió y la dejamos ir. Era la misma que habíamos visto unos días antes con Günter. en la punta des Xòric”.

Salort considera que los ejemplares más grandes que ha capturado han sido precisamente ferrasses, habiendo cazado ejemplares de 200 quilos. Son comestibles, de sabor parecido a la raya (rajada) pero no tan finas. El tamaño no es problema puesto que, una vez capturada, se le amarra al cordel del arpón una boya y termina por cansarse. Luego ya no es problema hacerse con ella. “Tengo una anécdota muy buena sobre la captura de este tipo de piezas. En cierta ocasión iba con mi hija Nancy, que era la encargada de patronear la barca y nos encontrábamos en cala Tirant, cerca de Fornells. Cuando estuve buscando entre las praderas de posidonia me encontré con una a la cual disparé y enganché. Debía pesar unos setenta quilos. Yo pescaba para poner las capturas a la venta ya que disponía de los permisos necesarios de Marina, embarcación matriculada de pesca y seguros al día. Todos los trámites que me exigieron en su momento, con lo cual pasaba por el Pósito, hacía mis declaraciones y despachaba el rol cada año. Bien. El caso es que para llevar el pescado limpio, según qué pescado, lo limpiaba antes y dentro del mismo mar, para no ensuciar la embarcación. La abrí por debajo para extraerle las vísceras y el agua, en pocos momentos se tiñó de rojo. De pronto, mi hija comenzó a gritarme que saliera del agua porque se había hecho presente en el lugar un tiburón. Se tiró como loco a las vísceras e incluso a las crías puesto que son vivíparas y las crías, las ferrassetes,  cada día entran a dormir dentro de la propia madre hasta que alcanzan una medida apropiada. Aquel tiburón comenzó también a pegar a las crías y yo llegué a estar preocupado, puesto que si se equivocaba podía largarme una dentellada a una de mis piernas puesto que yo aún permanecía en el agua. Finalmente pude subir a bordo y, tras arrancar, nos separamos bastante del lugar para poder continuar con nuestro trabajo. Han sido muchos años en el mar y consecuencia de ello, muchas anécdotas e historias”.

JUNTO A OTROS AMIGOS. ERAN OTROS TIEMPOS

Por contra Günter ha pasado su vida profesional en la carretera. 100.000 kilómetros anuales han sido el promedio. Casi nada. Circulaban por toda Europa, incluso Mallorca donde existe sucursal y siempre ojo avizor pendiente de la seguridad de su jefe.

Tomás Salort va menos al mar puesto que los años no pasan en vano. Decidió dejar el trabajo profesional marino tras colaborar en la construcción de los muelles existentes frente a la antigua central eléctrica de Gesa, en el puerto de Mahón. Más o menos en 1995 o 1997. Pero las escapadas, cuando se llevó a cabo esta entretenida entrevista, aún continúan. Contrariamente a la puesta de punto y final por parte de Günter haría unos tres años, Tomás continuaba haciendo sus escapadas porque le seguían dando vida. Pero entonces ya no pescaba, pero ello no era óbice para que soliera acompañar a algún familiar. Tampoco le gustaba fotografiar ni filmar y atrás quedaron los miles de metros de “super-8” llevados a cabo acompañando a su amigo. Él prefería más dinámica, mayor actividad y por ello practicaba la pesca submarina, y a pulmón libre. Entonces solo observaba a sus compañeros y mantenía su contacto directo con el mar. Y si no podía bajar, ya se había agenciado un pequeño “robot” que bajaba desde la barca y filmaba desde arriba... “ell xoroeja per jo”, nos decía.

Para Günter, todo el fondo submarino de Menorca es interesante. En una de las ocasiones localizaron un cepo de ancla romana que donaron al Ayuntamiento de Ciutadella y de lo cual guardan un certificado como se llevó a cabo tal donación. Más adelante fueron agasajados por las autoridades locales en el restaurante La Cabaña. Fue encontrada en la zona de Ses Fontanelles. Su lugar más interesante es el del pecio del Francisquita y el fondo la zona de cala Morell, precisamente la seca del mismo nombre. Es un fondo muy bonito, con mucha piedra y mucha vida, así como Sanitja y cala Pregonda. “Yo creo que toda la costa norte de Menorca es muy interesante”. Para Tomás, el escollo de Fra Bernat, inmediato a cala Morell, los bajos existentes en esta zona y la punta Roja de Algaiarens.

UNA MAGNÍFICA CAPTURA

Recuerda también la cueva de Parella, de acceso desde tierra y que en su interior alberga un lago. Hace muchos años encontró la muerte dentro de la misma un súbdito suizo que bajó a recorrerla provisto de una lámpara eléctrica alimentada por corriente de 220 voltios. Se ve que en un momento dado maniobró mal con la misma y con la gran humedad existente dentro del recinto quedó electrocutado falleciendo en el acto. El hombre conducía el coche de otra ciudadana suiza. El denominado Bufador de Son Salomó es otro de los accidentes naturales que encuentra más hermosos de Menorca del cual está convencido podría llegar a ser otro de sus atractivos turísticos puesto que su acceso es muy fácil y tiene bastante recorrido.

Cuando se llevó a cabo esta conversación, Tomás de Salort vivía volcado en su negocio de venta de plantas y materiales para la construcción y mantenimiento de jardines. Eso sí, se calzaba las aletas y se ponía la máscara regularmente, aunque más bien como mero pasatiempo. Y es que quien ha sido hechizado por el mundo submarino, muy difícil tendrá ya lograr substraerse en el futuro de ese espectáculo tan mágico y sugerente.